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Erzo
está sentado en las escaleras del salón de banquetes.
Cuida del bienestar de ese recinto, no porque él o
nadie en el pueblo tema que algo le suceda a una construcción tan sólida y
antigua. Lo hace porque los dioses dictan que todo aquello que es importante,
es importante siempre y descuidar de ello por la trivial razón de que no está
siendo usado es propio de gente espiritualmente ciega.
O eso es lo que dicen los ancianos del pueblo, y si
bien Erzo tiene un profundo desinterés en temas de dioses y fuerzas invisibles,
también siente respeto y admiración por algunos de los hombres que le
encomendaron esta tarea.
Los años le han enseñado a cumplir su deber con
presteza. En épocas de reunión y festividad, se encuentra con las manos llenas
de tareas y responsabilidades. En esos momentos se le llama Ahón y se considera
una autoridad a la altura de los viejos del pueblo en los temas que se refieran
al cuidado y bienestar del salón y las ruinas aledañas.
Esto
lo llena de orgullo y le ha permitido entender los motivos detrás de algunas prácticas
que antes lo intrigaban y frustraban. Su pueblo, los Veriteres son, algunos
dicen, tan antiguos como las montañas que habitan, y con esa edad, tiene una
larga memoria y ha aprendido mucho del mundo en que habitan.
Los
años como guardián han dejado de ser un problema para él. Ahora, al término de la decima
gran reunión de las épocas de viento a la que ha atendido desde su nombramiento, rememora
cuanto sufrió los primeros años, cuando su espíritu combatía con su deber.
Pidiendo libertad y sintiendo un profundo deseo de ver más allá de las paredes
de ese recinto.
El
mundo escucha al corazón, y siempre ofrece oportunidades para encontrar lo que
se busca. Así es como llego a el Leedal Ainara.
Tres
años después de haber recibido su cargo, Erzo recibió en las salas comunales a
una viajera proveniente del imperio. Aunque “recibir” es una palabra inadecuada
para ello (la “visitante” llevaba habitando las ruinas bajo su cuidado por
cerca de un mes cuando finalmente la encontró).
Ainara
es un monje viajero, ella se encontraba en persecución de sabiduría y verdad,
dudando de su estación en la vida y de la tarea a la que se dedicaba.
Muchas
historias pueden ser contadas del tiempo que la visitante pasó a su lado. Las
enseñanzas y sabiduría intercambiadas los marcó a ambos. Y cuando fue momento de partir caminos Erzo era ya un hombre y Ainara partió dejando un hogar al cual volver.
Ahora mira tranquilo los chicos en la plaza de acceso. Desde hace ya algunos años, los niños vienen a jugar y aprender de el, el tiempo ahora vuela. La enseñanza lo llena y la vigilancia se torna mas sencilla cuando hay una veintena de ojos jovenes e inquisitivos en cada esquina.
Hoy Alina, por primera vez viste la banda azul que denota a los alumnos de su improvisada escuela de artes marciales. Erzo la observa con orgullo y melancolia, no hay diferencia alguna entre sus ojos y los de su madre.
